Alguien me confesaba haber despertado siempre envidias y celos a su alrededor.
Se sentía muy cansado de esa situación.
Dudaba si ocultar sus habilidades y mantenerse ausente y pasivo aunque sintiera el deber de actuar y contribuir.
Mientras escuchaba, recordé a una contemporánea de mi adolescencia.
Y traduje a mi actual comprensión, la oración de esa inocente joven:
"Que quien me mire Te vea".
Ella deseaba borrar sólo la personalidad, que es lo que provoca el daño y separa.
Pero no desaparecer.
Las cualidades, puras manifestaciones de Dios, nunca pueden ofender, y su vislumbre sí disuelven toda desarmonía.
Antes que Teresita González-Quevedo, ya lo había descubierto el Maestro.
Aquel que "a quien miraba a Dios veía", y con "esa manera correcta de ver al hombre sanaba a los enfermos" (Ciencia y Salud 477:3-4)
lunes, 6 de marzo de 2017
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario